La Administración de Donald Trump prepara una nueva ofensiva para reducir los ingresos de Irán y dificultar sus operaciones comerciales internacionales, con una estrategia que podría alcanzar a compañías y países que mantengan negocios con Teherán.
El Gobierno estadounidense evalúa utilizar con mayor intensidad las sanciones secundarias, una herramienta que permite castigar a actores extranjeros por determinadas operaciones con entidades iraníes. El anuncio genera especial atención por la posibilidad de que las medidas alcancen a China, uno de los principales compradores del petróleo iraní.
El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, sostuvo que Washington pretende eliminar cualquier margen de duda sobre las consecuencias de mantener vínculos económicos con Irán. La Casa Blanca, sin embargo, todavía no ha precisado el calendario ni el alcance definitivo de la nueva ofensiva.
En paralelo, el Tesoro anunció restricciones contra más de 60 personas, empresas y buques relacionados con las capacidades militares y tecnológicas de Irán. El paquete contempla además medidas dirigidas a actividades vinculadas con oro, tecnología, aviación y activos digitales.
La presión sobre el comercio energético constituye uno de los principales instrumentos de Washington. Irán depende de sus exportaciones de hidrocarburos para obtener divisas y China se mantiene como un destino fundamental para ese flujo comercial. Por ello, una aplicación más estricta de las sanciones podría afectar directamente a operadores chinos y generar nuevas tensiones entre Washington y Pekín.
El escenario tampoco se limita a China. Irán mantiene relaciones económicas con Turquía, Emiratos Árabes Unidos, India, Rusia, Pakistán y Qatar, entre otros países. La decisión estadounidense de ampliar el alcance de sus sanciones podría poner bajo presión a empresas de esos mercados que participen en operaciones con Teherán.
Para el comercio internacional, uno de los principales riesgos está en los servicios que permiten concretar esas transacciones. Bancos, aseguradoras, navieras, intermediarios y compañías vinculadas al transporte de mercancías podrían enfrentar restricciones si Washington decide aplicar de manera más amplia sus mecanismos de sanción.
El contexto energético añade otro elemento de incertidumbre. Las dificultades en torno al tránsito por el estrecho de Ormuz mantienen bajo presión una de las principales rutas utilizadas para transportar petróleo y gas hacia los mercados internacionales. Una escalada que afecte esa vía podría trasladarse rápidamente a los precios de la energía y a los costos logísticos.
Teherán ya rechazó la nueva presión estadounidense y advirtió que responderá contra los países que participen en las medidas. Las autoridades iraníes también anticiparon que buscarán mecanismos internacionales para limitar el impacto de las restricciones.
La iniciativa de Washington enfrenta así un doble desafío: reducir las fuentes de financiación de Irán sin provocar una disrupción mayor en los mercados energéticos y, al mismo tiempo, conseguir que otros países acepten asumir los costos de cortar o limitar sus vínculos comerciales con Teherán.
El resultado dependerá especialmente de la posición que adopte China. Si Washington decide hacer efectivas sus amenazas contra empresas y entidades vinculadas al comercio chino con Irán, la disputa podría extenderse más allá de Oriente Medio y convertirse en un nuevo foco de tensión dentro de la economía global.